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Mientras  España se llenaba de flores, velas y saetas, mi prima Mariajo y yo nos disponiamos a comenzar un viaje con el que sin saberlo florecería en mi, unas ansias locas de descubrir. Yo, que me creía un gran explorador por conocer Europa, por haber pasado algun mesecillo suelto en "La tierra de las oportunidades". Que equivocado estaba, no tenía ni idea del mundo que me estaba esperando más allá y que gracias a Marruecos se me abría por primera vez…

Nuestro primer destino fue Tanger, en el que pasamos la noche de la llegada y poco más. Sin duda lo más chocante en mi opinión fue ir a la costa y darse cuenta de lo que apenas unos cuantos kilometros pueden llegar a significar,  14 km son suficientes para separar Africa de la "desarrollada" Europa.  Si este momento fue emocionante sin duda lo fue aun más de forma inversa, recuerdo un verano en cádiz, vivaqueando en la playa en el que no podía dejar de mirar al horizonte sin imaginar cuantas aventuras podrían estar ocurriendo al otro lado, en Africa

 

El segundo día nos dirigimos al pueblo en el que el espíritu de Marruecos nos daba realmente la bienvenida, Chefchaouen.

Más allá de su reconocido azul, Chefchaouen es un pueblo puro, de la montaña en el que a pesar del turismo se sigue encontrando la magia de otros tiempos. En Chefchaouen se repira paz, esa paz propia de la meditación que me transporta sin quererlo a destinos más orientales. y es que en Chaouen solo faltan banderas de plegaria colgadas por casas y tejados para que pareciese que estamos en el himalaya. Realmente, y no quiero entrar en detalles, hay una cierta conexión entre ambas montañas…

Café con Mustapha en una plaza de la medina de Chefchaouen.

 

A pesar de quedarnos con ganas de quedarnos más tiempo en este maravilloso pueblo, nuestro viaje debía continuar o no nos daría tiempo a mantener el itinerarario planificado, por tanto nos montamos en un bus que nos llevaría a Fez.

Mucha gente os dirá lo mismo acerca de Fez, que es la madre del caos, bueno pues, es totalmente cierto. Y es que Fez cuenta con la medina mas grande del mundo, 300 barrios, 9.000 callejones y mil años a sus espaldas…  Una aventura imposible no perderse entre sus miles de callejones, aun así es una de las ciudades que aun hoy en día mas me han impactado y que recomiendo al 100%. Visitar las curtidurías y ver como trabajan la piel en multitud de fosas con tintes naturales es todo un espactaculo de colores y sobretodo olores.

Única foto de Fez, desde la azotea del Hostel

Tras nuestra aventura por las callejuelas de Fez, nos dirigimos  al desierto, el de merzouga, para ser más exactos. Para esto utilizamos un bus nocturno Fez-Merzouga en el que sin darnos cuenta (Dormimos toda la noche) habiamos llegado a Merzouga.

Salimos al anochecer y llegamos al amanecer, pronto nos llevaron al hotel que habiamos contratado a desayunar, un gran desayuno Bereber, con tortilla bereber (Hecha a fuego lento en un Tajin), queso, aceitunas, etc. Fue allí donde conocimos a Karim, nómada del desierto como a el le gustaba decir, que se ganó nuestro corazón en apenas una mañana y al que mas tarde mandariamos una carta desde Marraketch para agradecerle su hospitalidad.

Por la tarde nos montamos en un camello y nos dirigimos dunas adentro a las jaimas en las que ibamos a pasar la noche. Es dificil definir la sensación que uno siente por primera vez en el desierto, para mi fue única, sin duda de las más especiales que sentí en Marruecos. Por la noche los bereberes que nos acompañaban en la excursión nos prepararon un Tajin, que sin duda y a pesar de los escasos medios con los que contaban para prepararlo fue el mejor Tajin que he comido hasta hoy. Esa noche conocimos a unos italianos con los que nos quedamos hasta bastante tarde despiertos. Recuerdo lo mucho que me gustaba la sensación de subir una duna a orinar mientras observaba las estrellas, Argelia a tan solo unos kilometros y la luz del fuego del campamento con el que se conseguían ver la sombra de algunas dunas cercanas….

Nuestro buen amigo Karim, Nómada del desierto.

Nuestra aventura prosigue:

Conforme nos ibamos alejando de Merzouga sentía que a partir de ese momento todo iba a cambiar en mi. Lo que acababa de vivir, lo que estaba experimentando en este viaje era indescriptible, lo queria todo el rato, toda la vida. Marruecos me estaba enseñando lo que era viajar y lo que era descubrir, como nunca antes lo había hecho. Desde ese momento en el que abandonamos el desierto yo ya tenía claro una cosa, iba a descubrir el mundo…

 

Tras esta reflexión llegamos a Marraketch, es cierto que hicimos alguna parada antes, como la puerta del desierto, pero que he decidido omitir por falta de interés, muy turístico.

Marrakech es una ciudad que puede gustarte más o puede gustarte menos, pero la palabra que pienso, mejor la define es, exótica. Nada de lo que habíamos visto en el otro Marruecos se parecía a Marrakech, encantadores de serpientes, monos atados a correas, puestos de comida…. Nada tenía que ver esa atracción turística de la plaza de Yamaa el Fna con el resto de país, aun puro que nos había cautivado. Disfrutamos la ciudad, pero no era lo que estábamos buscando por lo que pronto nos dimos cuenta de que teníamos que huir hacía algo mas puro y dejar Marrakech atrás.

Entre medias visitamos las Cascadas de Ouzoud, las más altas del norte de África donde nos pegamos un baño, el primero en África.

 

Cascadas de Ouzoud

 

Tras esta excursión llegamos a Essaouira, pueblo costero, famoso por sus playas llenas de surferos de todos los lugares del mundo, allí el ambiente es totalmente distinto, cambia tanto Marruecos de un lugar a otro… Se respiaraba un aire Hippie en todas partes y fue allí donde conocimos a dos grandes amigos, Pappis de Senegal y Yaya de Ketama, Marruecos. En tan solo dos días se convirtieron en parte vital de nuestra vida y consiguieron calar en nuestro corazón. Puede parecer que estoy exagerando o adornando este relato con esa frase pero es la justa verdad. Pasamos aquellos dos días casi juntos y gracias a ellos conseguimos, al fin, bebernos una cerveza sin morir en el intento, en realidad más de una, muchas más…

Esos días fuimos al puerto, compramos sardinas a los pescadores  y nos llevaron a una parrilla para que nos cocinasen la pesca del día. Recuerdo invitar a todos los que fuimos a comer por apenas 3€.

Esa noche nos llevaron a un bar a beber cerveza, en Marruecos apenas habíamos bebido alcohol, no es algo fácil de conseguir y de encontrar, es caro y exclusivo. En cambio el bar al que nos llevaron era lo mejor de Marruecos, una taberna lúgubre al que literalmente la gente iba a pecar. Nosotros estábamos encantados en aquel bar, era muy cutre pero eso es lo que le daba la magia, además la cerveza era muy barata. Nos quedamos bebiendo y charlando casi toda la noche… Al día siguiente vino lo más duro, la despedida.

 

Al día siguiente Pappis y Yaya nos acompañaron a la estación para despedirse de  nosotros, Yaya le regaló a mi prima Mariajo una pulsera que ocupaba medio brazo y que le había regalado un amigo suyo que había estado en Nepal, le tenía mucho aprecio a esa pulsera. Al ver que no tenía ningún recuerdo que darme a mí, comenzó a correr hacía su casa, aun a riesgo de que el bus se fuera y al volver no quedase nadie. Ee regaló una rasta de casi un metro y medio que le había acompañado durante muchos años, para mi fue uno de los mejores regalos que me han hecho nunca, aun hoy la guardo en casa.

Esto pone fin a nuestro gran viaje por Marruecos, que sin duda me abrió las puertas a un mundo por descubrir.

 

Marruecos 2016

Marruecos ?? Maria-Ho Garcia

Posted by Fran Martinez Torres on Samstag, 9. April 2016

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Fran Martínez Torres

Amante de los viajes y la buena fotografía!

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